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Contracanto, Del aire a la rosa

Presentación de Contracantos: Del aire a la rosa

En la foto con: Miguel Ángel Zapata, Arturo Corcuera y Harold Alva (Festival Primavera Poética 2013, Lima, Perú)

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Madeline Millán trae a la mesa de trabajo un tópico tan antiguo y siempre novedoso: la relación intrínseca entre el arte y la poesía. La respiración polivalente de Contracantos (Del aire a la rosa) se centra en al sincronía de la imagen y sus contrapuntos. Se trata aquí de una sincronización que rosa la alteridad del objeto: no es la definición del cuatro en el poema, sino el trazo firme de un proceso de transformación del cuadro en el poema. Se logra así un nuevo cuadro,  una nueva escultura, un poema amalgamado de voces, retazos y vibraciones, y que va más allá de la filosofía del saber y el amor. Contracantos va contra la corriente, es el aire metaforizado del rito, la ironía, el color y la sensualidad. La poeta ve el cuadro (una estatua movible) y la imagen se torna otra en el espejo de la razón. Dante (entre roces y pugilatos) se configura desde el primer pórtico del libro.  Por toda la superficie fulgura con el asombro del vidente. El libro dialoga  —ante la precisión de su centro— con estatuas, óleos, racimos de palabras, saudades, olores, transpiraciones y rosas, y poco a poco va cimentando su canto, su contracanto, entre un hilo gris deseoso de ser oído por el corazón de la piedra que late. Así desfilan obras de arte transfiguradas de Antonio López, Rodin, Doré, Rossetti, Zademak, Khoisán, Feuerback, entre otros. Ante la ventana de la noche, Madeline Millán escribe poemas complejos que vuelan entre el verso y la prosa, logrando un alto nivel de elaboración en ambos circuitos. De esta manera hace realidad la idea de Goran Hermerén cuando dice que si un poeta o un artista presta un detalle o una pose de otro, lo que sucede es que está construyendo, de algún modo, una nueva obra de arte, circunscribiendo el trabajo de su predecesor en un nuevo contexto. “Las Meninas” en Picasso es una transfiguración positiva de Velásquez. Debussy ha escrito “La muchacha de los cabellos de lino”, inspirándose en un poema del mismo título, de Leconte de Lisle, pero Leconte de Lisle, en este poema, traducía o adaptaba a Robert Burns. Es un trabajo que tiene un inicio pero no un final definitivo, ya que la relación entre arte y poesía sigue produciendo un asombro infinito. Uno podría de la misma manera citar el caso de Góngora y la Generación del 27, Quevedo o Borges en el contexto hispánico, y a T.S. Eliot y a Pound en el ámbito anglosajón.  Por eso Borges no creía en la gran originalidad. Madeline Millán reconstruye una parte sustancia de la tradición lírica y del arte al centrar su imagen en el doblez del dolor.  La lágrima se torna verdaderamente furtiva, el encono en una pasión desbordante y al mismo tiempo serena y liberadora.  Esta flor se abre al paraíso, es la rosa dantesca poblada de ángeles que nos invita a leer esta poesía de altos vuelos.